
La felicidad se mide en gestos pequeños, y dura poco. Ayer le comenté a Olatz que tengo un pequeño problema de percepción con algunas cosas: por ejemplo, con el Athletic. Ayer ganó el partido con el Celta de Vigo y mantiene el quinto puesto en la clasificación de la Liga. Una victoria espectacular.Sin embargo, la felicidad que me produce que ganen es menor que la tristeza que me da que pierdan, y eso me pasa con muchas cosas, que el dolor que me produce que no salgan bien es mayor que la felicidad que me supone que salgan bien.
A continuación, y una vez expuesta mi teoría le pregunto: -¿No te pasa lo mismo con el baloncesto.... que te da más dolor el perder que satisfacción el ganar?
Me contesta: -Nunca había pensado en eso
A continucación pensé en explicarle mi teoría sobre la razón de esto, basada en el libro de "El malestar en la cultura" de Sigmund Freud. Pero pensé ¿Por qué le voy a explicar una teoría mía sacada de lo que yo malamente interprete de Freud si no me ha preguntado la razón de mi percepción? Así que me he callado y espero que si otro día sale el tema me pregunte por qué y me encantará explicárselo.
En cambio el bricolage siempre me funciona: la felicidad que me produce hacer algo es mayor que la rabia que me da que salga mal, y si no mal directamente, que no me salga exactamente como lo había imaginado, que esa es otra. ¿Qué me dices de eso, Sigmund?
"Toda persistencia de una situación anhelada por el principio del placer sólo proporciona una sensación de tibio bienestar, pues nuestra disposición no nos permite gozar intensamente sino el contraste, pero sólo en muy escasa medida lo estable. Así, nuestras facultades de felicidad están ya limitadas en principio por nuestra propia constitución. En cambio, nos es mucho menos difícil experimentar la desgracia. El sufrimiento nos amenaza por tres lados: desde el propio cuerpo que, condenado a la decadencia y a la aniquilación, ni siquiera puede prescindir de los signos de alarma que representan el dolor y la angustia; del mundo exterior, capaz de encarnizarse en nosotros con fuerzas destructoras omnipotentes e implacables; por fin, de las relaciones con otros seres humanos. El sufrimiento que emana de esta última fuente quizá nos sea más doloroso que cualquier otro; tendemos a considerarlo como una adición más o menos gratuita, pese a que bien podría ser un destino tan ineludible como el sufrimiento de distinto origen". Sigmund freud "El malestar en la cultura", p. 13.
Esto es lo que le tendré que explicar la siguiente vez.

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