Cuando Marvan propuso el tema comenté que igual me animaba a escribir algo para el Carnaval. Lo prometido es deuda.
La lengua en la que uno aprende es algo más que el vehículo del pensamiento o del conocimiento, es el molde que le da forma a ese pensamiento, y si se puede realizar en más de una lengua, los matices, las percepciones, los aspectos del humor y hasta los modos de expresar la tristeza se multiplican.
Debo admitir que soy una militante del Euskara. Como diría Gabriel Aresti, “hasta no ver al euskara a salvo no me corto la barba” (Euskara salbo ikusi arte ez dut moztuko bizarra). Yo como él, no bajo la guardia, cualquier situación es motivo para practicarla, defenderla, amarla y, ¡cómo no! trasmitirla.
Lo que Marvan comenta me recuerda a lo que suele decir una amiga mía, también vascoparlante. “A ti, ¿en cuantas lenguas te hablaba tu madre?” Y es cierto en mi caso también, a las niñas sólo me sale hablarles en Euskara, y por extensión a todos lo niños y niñas que veo por la calle.
A veces hacemos ensayos de hablar en inglés en casa, un ratito nada más, pero es siempre en un espacio acotado, como por ejemplo, mientras recogemos la mesa, les voy pidiendo en inglés los objetos que hay sobre la mesa, para que los acerquen al fregadero.
Desde siempre me han dicho que para qué me empeño, si van a acabar hablando castellano, y lo sé. Pero también sé que van a acabar bebiendo cerveza y no les doy una caña para cenar todas las noches.
Una lengua minoritaria, y tan minoritaria como la nuestra, nunca tendrá un gran espacio, pero si le cedemos nuestro mundo íntimo, ese espacio es multiplicador.
La mayor tiene 8 años, y ahora está empezando a aprender algo en castellano, nunca le hemos hablado en ese idioma, pero lo aprende en su propio entorno. Aun así me he dado cuenta de que si está con otros niños de su edad, todos hablan en euskara cuando está ella, porque aunque entiende en castellano contesta en Euskara. Es raro, creo, en nuestro entorno urbano, una niña de su edad aún monolingüe, pero ahí está la rareza, y yo quiero que lo siga siendo, que amueble todo su cerebro en Euskara, y que así nunca pueda borrarse, aunque le de la espalda en su adolescencia, para que así pueda volver a él, como aquel pais que abandonamos y al que volvemos para ser uno mas, como si nunca nos hubiéramos ido.
Mientras tanto las niñas viven en una lengua minoritaria como si fueran extranjeras en su propio país. Su pediatra no sabe euskara, así que me necesitan como traductora para comunicarle sus dolencias. El cine es casi siempre en castellano y por la calle no entienden a la gente. Aun así reconocen perfectamente el castellano y no sienten ningún sentimiento negativo hacia esa lengua, al contrario, les gusta y la van aprendiendolo sin prisas.